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Fernando Ureña Rib

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Nació en la Romana, República Dominicana el 21 de marzo de 1951. Inició sus estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Francisco de Macorís en 1963 obteniendo una beca del Estado para continuar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1968, donde concluye con talleres de pintura al Óleo y pintura mural bajo la guía del maestro dominicano de la pintura, Jaime Colson. Se gradúa como Bachiller en Filosofía y Letras en 1968 y realiza estudios de lenguas extranjeras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ureña Rib donde aprende Inglés, Francés, Alemán e Italiano. Ureña Rib ha sido presidente del Colegio Dominicano de Artistas Plásticos donde realizó una intensa tarea cultural, de re estructuración interna y de relaciones públicas. En esa ocasión presentó mas de veinte exposiciones individuales de artistas dominicanos importantes. Ureña Rib ha publicado cuentos: FÁBULAS URBANAS, EL OLOR DE LAS YEGUAS Y el libro monográfico DECIR LA PIEL, O LAS DISCRETAS ORGÍAS DEL SILENCIO. Es miembro de AICA, la Asociación Internacional de Críticos de Arte, con sede en París y de la AIAAP, la Asociación Internacional de Artistas Plásticos. Es colaborador de los periódicos Ultima Hora, Listín Diario y El Siglo. En el 2003 Ureña Rib es artista invitado de la Bienal Internacional del Cairo y en el 2004 es invitado a exponer sus obras en la Sala de Exposiciones "Carlos Vaz Ferreira" - Biblioteca Nacional- Dirección de Cultura, Montevideo, Uruguay.

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UN CUENTO HABANERO DE FERNANDO UREÑA RIB

SOBRE LA PERVERSIDAD DE LOS MONSTRUOS

Mi nombre es Erick Lauten y decidí dar inicio a este estudio sobre la perversidad de los monstruos en una estepa abandonada, casi llegando al malecón de la Habana.   Era una brumosa tarde de verano, en 1951. El mar rugía arrastrando troncos, malezas y pestilencias. Hasta hacía poco había estado a mi lado Alberto Mandieta (Tico) quien era desde la infancia como mi hermano mayor. Yo tenía trece y él quince años. Acostumbrábamos a echarnos sobre las olas y montarlas no bien pasado el mediodía. A las doce y dieciocho, para ser exacto. El surfing duraba unos cuarenta minutos, porque después la mar cambiaba y se embravecía y no había quién entrara o saliera.

 

Pero Tico estaba empecinado en demostrarme que era un voraz monstruo marino lo que agitaba aquellas aguas. Aunque las noches eran sumamente calmadas, se oía un ronquido sordo.  Tico aseguraba que el monstruo marino merodeaba un destartalado caserón enorme que había frente al mar y que en otros tiempos había sido la residencia de un embajador de Chile. Era allí donde el monstruo descansaba.  Y para demostrar su teoría me invitó una noche a observar los movimientos del monstruo. Primero empezó un fuerte oleaje que se arrojaba vertiginosamente sobre los salientes del dique de cemento armado. Aunque el dique estaba todo resquebrajado, era lo que servía al mar de muro de contención. El estallido de la espuma emblanqueció la noche. Luego se produjo un gran silencio y vimos una enorme sombra azul que se movía con pasos cansados hacia el caserón. Yo sentí temblores en el estómago y hubiera querido escapar, pero las piernas no me obedecían. Tico me sembró en el arenal. Cállate me dijo, o eres hombre muerto. Yo me encogí, cerré los ojos y esperé lo peor.

 

Cuando logré enderezarme, Tico me susurró que él estaba planeando asesinar al monstruo. Y entonces fue que me dio miedo. Un gran miedo horroroso y punzante. Mi casa estaba en Miramar, a poca distancia y esa noche no pude dormir por la fiebre nerviosa y los sobresaltos. Mi mamá se dio cuenta de mi estado de ansiedad febril y se lo contó a mi padre, quien me obligó a confesar el gran secreto. Mi padre, Conrad Lauten, era un hombre pragmático y enérgico; un alemán oriundo de Lingen que se quedó varado en el Puerto de La Habana y que nunca quiso volver a echarse al mar, porque se enamoró de una mulata, mi madre, sin que le fuera preciso pronunciar palabra.

 

Esa noche hubo reunión de familia. El ambiente era tenso, pesado, las órdenes estrictas. No más baños de mar, no más surfing. El castigo por la transgresión habría de ser severo y memorable. Que ni se me ocurriera por un momento pensar en saltar de nuevo. Pero el monstruo existía. Yo lo había visto, inmenso, con mis propios ojos y estaba de acuerdo en que aquella amenaza bestial debía morir.

 

La mañana siguiente el mar estaba más encabritado que nunca y Tico tuvo que esperar casi hasta las tres de la tarde para montar las olas. Además, esta vez él iba con escafandras y armado con una red barredera, un arpón de ballesta y cuchillos de pesca. El aire estaba impregnado de salitre, porque el monstruo batía las olas con una ferocidad que hasta entonces yo no había visto. Le dije a Tico que a mí se me tenía prohibido echarme al agua y montar las olas, así que me quedé sentado sobre el dique de contención tratando de no perderme ni el más ínfimo detalle de lo que se avecinaba, el combate heroico más fabuloso y cruento de la historia.  

 

La mar calmó de pronto y hubo un silencio sobrecogedor. Tico se incorporó, respiró profundo y dijo: "¡Éste es el momento!" y se lanzó como un delfín, alejándose en la cálida bruma de la tarde.   El me había dejado la red y una soga, para que se la lanzara, si acaso necesitara auxilio. De inmediato empezó la pelea.  Parece que Tico hirió al monstruo varias veces, primero con el puñal y luego con el arpón porque el mar empezó a agitarse extremadamente de nuevo, revolteándose, enloquecido, con grandes estallidos. La cantidad de espuma que producía el choque de las olas contra el muro era tal, que no me permitía ver con claridad la pelea, que no debió durar más de unos quince minutos. Tiempo que me pareció eterno.   Acto seguido la gente empezó a congregarse y se oyeron gritos y el estridente ulular de las sirenas. Y no volví a ver a Tico hasta que vinieron los buzos y los bomberos y lo sacaron sangrante y destrozado por las garras malignas del gran monstruo.   

FERNANDO UREÑA RIB

Blog publicado en 2008-01-28

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